Te has decidido. Vas a opositar. Has reducido tu jornada laboral. El menor de tus hijos tiene 4 años así es que, ya es “mayor”. Tú podrás sentarte a estudiar esas tres horas diarias mientras él juega solo o con sus hermanos. Todo pensado: tu pareja llevará a los niños al cole. Después los recogerás cuando salgas de trabajar. En principio no los dejarás en el comedor escolar. Lo haréis en casa y ellos se quedarán jugando hasta la hora de las extraescolares. Claro, has reducido tu jornada y con ello los ingresos.

 

¡Manos a la obra!

Tres horas de estudio. Es un panorama con el que te sientes muy positiva. Cierto es que, desde que has empezado, no has tenido mucho tiempo para estudiar. Es normal, toca reorganizarse. Re- conciliar. Cuando sales, aprovechas para hacer unas compras antes de recoger a los peques, pues es una hora que no te da para mucho, o eso crees. Por otro lado, ellos no están acostumbrados a verte tan pronto y parecen necesitarte más porque ha aumentado ligeramente el número de “mamáááá” por minuto.

Adaptación/Aceptación

 

Llevas dos meses desde que decidiste preparar la oposición, pero sólo uno estudiando. Y de ese uno, la primera semana fue la única que cumpliste con tu plan. Con tu madre no puedes contar todos los días. Nueva recaída de niños. Trajes de Halloween, función de Navidad, tutorías pendientes (esperando a que tu pareja pueda hacerse cargo). Además, la casa necesita un repaso y eso te pone de mal humor. Quizás toca evaluar la organización, aceptar la situación y poner unos objetivos más realistas.

Tal vez sería bueno llevar encima siempre el tema que te has propuesto como objetivo, para aprovechar cada minuto al máximo haciendo desaparecer los “tiempos muertos”.

No va a ser fácil: adiós a esa cena de trabajo, adiós a esa comida de mamás del cole, adiós a Netflix… y caes en la cuenta de que a tu pareja llevas un tiempo queriéndole… como amigo. Pero es el mejor amigo, eso sí. Sientes que echas de menos a tus hijos, porque aunque estás físicamente, tu mente no lo percibe así. Algunos días son productivos, otros… te descubres en el reflejo del flexo con un post it pegado en la frente, algo de baba ha corrido la tinta de la última llave de tu esquema y te preguntas por tu último pensamiento: ¿qué tenía que ver una célula de Purkinje en el regalo de Navidad de la seño? Pero ahí estaba todo muy coherentemente relacionado hace 2 minutos, antes de despertar. Esto pasa, pero no olvidas el objetivo. Aceptas y continúas.

 

 

Opositora rima con vencedora.

Tienes que estudiar. Es lo principal.  Tienes más tiempo por la noche, cuando tu pareja se ocupa de cena, baños y dormir a los niños, tú te preparas un café y te vas a tu escritorio a zambullirte en el temario. Uno al día. Es el objetivo. El problema es que el cansancio y el sueño ganan a la cafeína. Y vuelves a potenciar esos ratos entre actividad y actividad. No olvidarás ese tema del digestivo en la sala de espera del pediatra para la revisión del pequeño o esas reglas nemotécnicas inspiradas en el cuento favorito de tu mayor. Y de ahí sale tu plaza. De romper esquemas, de adaptar cada minuto y enfocarlo al estudio. De levantarte más temprano que nadie para aprovechar tu mente despejada.

Puede ser un año muy duro, pero, ¿qué es un año en toda una vida de sueños cumplidos?

Lo importante es el objetivo. Eres madre y trabajadora, sabes lo que es el esfuerzo y el trabajo duro. Si lo piensas bien, si no puedes tú, ¿quién puede?